El sector secundario
El sector secundario es
la parte de la economía que se encarga de transformar las materias primas en
productos elaborados o semielaborados, y también incluye la construcción. Es
decir, si el sector primario obtiene recursos de la naturaleza —como trigo, madera,
minerales o pesca—, el sector secundario convierte esos materiales en bienes
que ya pueden utilizarse o venderse. Por eso se considera un sector fundamental
en la vida moderna: gracias a él existen los edificios donde vivimos, las
carreteras por las que circulamos, los electrodomésticos que usamos en casa, la
ropa que vestimos, los móviles, los coches o incluso los pupitres del
instituto. Gran parte del mundo que nos rodea ha pasado, en algún momento, por
una fábrica o por una obra.
Para comprender mejor
en qué consiste este sector, conviene distinguir dos grandes actividades. La
primera es la industria, que transforma materiales para fabricar productos; la
segunda es la construcción, que se ocupa de levantar edificios e
infraestructuras como viviendas, hospitales, puentes, puertos o vías de tren.
Aunque son actividades diferentes, ambas tienen algo en común: necesitan mucha
energía, inversión económica, herramientas y tecnología, además de trabajadores
cualificados. El sector secundario no es solo “hacer cosas”: implica
organización, planificación y, sobre todo, transformar un material hasta
convertirlo en algo útil.
En el trabajo
industrial, es habitual hablar de materias primas, productos semielaborados y
productos elaborados. Las materias primas son los materiales que se obtienen
directamente de la naturaleza o del sector primario y que aún no han sido
transformados: algodón, petróleo, madera, mineral de hierro, leche, trigo. Sin
embargo, a menudo las fábricas no trabajan con las materias primas tal cual,
sino con materiales que ya han sido tratados en una primera fase; son los
productos semielaborados. Por ejemplo, del trigo se obtiene harina, del mineral
de hierro se obtiene acero, de la leche se puede obtener mantequilla o queso,
del petróleo se obtienen plásticos o combustibles. Cuando el proceso termina y
el producto ya está listo para ser usado o vendido, hablamos de un producto
elaborado: una camiseta, un coche, un pan, un ordenador o un juguete. Esto
demuestra que la industria, en realidad, no es un único paso, sino una cadena
donde cada fase va preparando la siguiente.
La industria es muy
diversa y se puede clasificar de varias maneras. Una de las más sencillas para
entenderla consiste en fijarse en el tipo de producto que fabrica. La industria
de base transforma materias primas en productos semielaborados; por ejemplo, la
siderurgia produce acero o la industria petroquímica fabrica derivados del
petróleo, que luego servirán para otros sectores. Después está la industria de
bienes de equipo, que fabrica máquinas y herramientas necesarias para que
funcionen otras industrias; por ejemplo, motores, piezas industriales o
maquinaria de fabricación. Por último, está la industria de bienes de consumo,
que produce artículos destinados directamente al consumidor, como alimentos
envasados, ropa, muebles, tecnología o productos de higiene. Esta clasificación
permite ver que no todas las industrias producen lo mismo: algunas fabrican
materiales para otras fábricas y otras producen objetos que usamos cada día.
Además, hoy en día es
muy importante tener en cuenta el nivel de tecnología de las industrias.
Existen industrias tradicionales, como algunas fábricas textiles o
alimentarias, que pueden emplear sistemas más simples y suelen depender mucho
de la mano de obra. Y también existen industrias de alta tecnología, que
requieren investigación científica, automatización, robots y trabajadores con
mucha formación, como ocurre en la industria farmacéutica, la aeronáutica, la
producción de microchips o las biotecnologías. Este tipo de industrias suelen
estar muy relacionadas con universidades, centros de investigación y parques
tecnológicos, porque su éxito depende de la innovación constante. En la
actualidad, tener una industria moderna no significa solo tener fábricas, sino
ser capaz de crear conocimiento y aplicarlo a la producción.
Ahora bien, una
pregunta esencial en Geografía es: ¿por qué las industrias se sitúan en un
lugar y no en otro? Esto se explica a través de los factores de localización
industrial. Las empresas deciden dónde colocar sus fábricas buscando el mayor
beneficio posible y tratando de reducir costes. Por ejemplo, si una industria
necesita una materia prima pesada o muy voluminosa, lo más práctico suele ser
instalarse cerca de esa materia prima para evitar transportes caros. En otros
casos, lo más importante es tener energía abundante y barata, porque hay
fábricas que consumen enormes cantidades de electricidad o combustibles.
También influye mucho la mano de obra: no es lo mismo montar una industria que
necesita trabajadores muy cualificados que otra que requiere sobre todo trabajo
manual, por lo que las empresas estudian si en una zona hay población con
formación suficiente. Otro factor clave es la cercanía al mercado, es decir, al
lugar donde se van a vender los productos, porque estar cerca de los
consumidores reduce el precio del transporte y permite responder mejor a la
demanda. Igualmente, las comunicaciones y el transporte son decisivos:
autovías, ferrocarril, puertos, aeropuertos y centros logísticos facilitan la
llegada de materias primas y la salida de productos. Por eso muchas industrias
se sitúan en polígonos industriales cercanos a carreteras principales.
También influyen otros
elementos como el coste del suelo industrial, las leyes y políticas públicas
(por ejemplo, si hay ayudas o impuestos más bajos), y la presencia de capital e
inversión. En ocasiones, una industria se instala donde existe una tradición
industrial previa, porque ya hay empresas relacionadas, talleres, proveedores y
experiencia laboral, creando así zonas industriales especializadas. Esto
explica por qué hay regiones donde se concentra mucha industria y otras donde
apenas existe. Cuando una zona tiene varias empresas relacionadas, se crean
redes industriales que fortalecen el empleo y mejoran la economía local, pero
también pueden provocar dependencia si esa industria entra en crisis.
De hecho, la historia
del sector secundario ha cambiado profundamente el mundo. Durante siglos, la
producción artesanal era lenta y se hacía en pequeños talleres. Sin embargo,
con la Revolución Industrial se pasó a una producción mecanizada en fábricas,
con grandes cantidades y a un ritmo mucho mayor. Con el tiempo, llegaron la
electricidad, la producción en cadena, la automatización, los robots y,
actualmente, la digitalización. Hoy el sector secundario está entrando en una
nueva etapa en la que el control por ordenador, los sensores, la inteligencia
artificial o la impresión 3D están transformando el modo de fabricar. En muchas
fábricas, las personas ya no realizan las tareas más repetitivas, sino que
controlan máquinas, programan sistemas y supervisan procesos.
El sector secundario
tiene consecuencias muy importantes para la sociedad. En positivo, crea empleo,
genera riqueza, impulsa la economía de un país, permite exportar productos y
suele favorecer el desarrollo tecnológico. Un país con industria fuerte suele
tener más independencia económica, ya que no depende tanto de comprar productos
a otros países. Además, la industria ha hecho posible mejorar nuestra calidad
de vida gracias a inventos, infraestructuras y nuevos materiales. Sin embargo,
también tiene efectos negativos si no se regula: puede provocar contaminación
del aire, del agua y del suelo, produce residuos, aumenta las emisiones de gases
de efecto invernadero y puede generar riesgos laborales si no hay medidas de
seguridad. Por eso, en la actualidad se habla cada vez más de industria
sostenible, que busca producir reduciendo el impacto ambiental mediante
energías renovables, reciclaje, ahorro de recursos y economía circular.
Finalmente, el sector
secundario está muy relacionado con la globalización. Hoy muchos productos se
fabrican en varios países: el diseño puede hacerse en Europa, algunas piezas
producirse en Asia, y el montaje final en otro lugar distinto. Esto se conoce
como cadena global de producción. Gracias a ello, los productos suelen ser más
baratos, pero también aparecen problemas: dependencia de transportes,
dificultades cuando hay crisis internacionales, o desigualdades porque algunas
fábricas se trasladan a países donde los salarios son bajos. Por todo ello,
comprender el sector secundario significa entender una parte esencial del mundo
actual, ya que la industria y la construcción influyen en la economía, el
trabajo, el paisaje, el medio ambiente y la vida cotidiana de millones de
personas.
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